Videollamada

Hacer el amor con mi novia se estaba volviendo cada vez más difícil.

Nuestros trabajos son bastante diferentes. Ella se dedica al comercio internacional, alternando entre España y Japón. Yo soy abogado, especializado en Derecho laboral y mayormente me dedico a trabajar con sindicatos. Así que mientras mi trabajo se desarrolla a lo largo de España, el suyo apenas le permite estar cortos periodos de tiempo en Madrid y largas semanas en el país nipón.

En un principio esta distancia y falta de tiempo para dedicarnos no era tan marcada. Cuando comencé mi carrera, solo trabajaba con algunos sindicatos de forma local dentro de Madrid. No me tenía que desplazar largas distancias. Pero algunos casos complicados llegaron a mis manos y yo con bastante pericia, logré solventarlos de una forma que se podría considerar artística. Incluso me comentaron alguna vez que era un artista de las leyes. Cuando mi potencial comenzó a notarse, me tocó viajar alrededor del país, asociándome con otros abogados, para resolver casos que eran de mayor magnitud.

Mi novia, Clara, por su parte poco a poco fue ascendiendo puestos. Comenzó trabajando en una pequeña oficina. Pero rápidamente sus jefes se dieron cuenta de que ella tiene una visión muy adelantada, casi profética, de las relaciones humanas mediante la tecnología. Gracias a ella la empresa tomó decisiones muy acertadas. Aquello le valió la confianza. Pero con la confianza venía el plus de que debía ser ella quien se presentara en el epicentro de la tecnología a defender los intereses de la empresa como si fuera suya.

A pesar de que ambos estamos muy agradecidos con los éxitos que hemos cosechado durante los últimos años, no podemos hacer a un lado que viajar tanto se ha vuelto una dificultad, una barrera que no nos permitía hacer el amor. Cuando nos veíamos, sí, ella se volvía una loba, de las más putas y calientes, pero casa nunca coincidíamos y no nos sentaba bien.

Antes nos encontrábamos dos o tres veces por semana en sitios que ambos escogíamos meticulosamente: hoteles de habitaciones extravagantes, estacionamientos, incluso en nuestro propio piso. Lo que fuera para ponernos cachondos y para así mitigar un poco la falta de la presencia del otro en el día a día. Es verdaderamente duro cuando tienes una pareja que casi no está ahí. Vuelves a casa y todo es silencio.

            En ocasiones he hecho cosas de las cuales no estoy muy orgulloso, como tener una aventura con una colega. Aquello sucedió hace algún tiempo. Mi chica estaría un mes de trabajo entero en Japón mientras yo debía quedarme en España. Intenté todo. Me masturbé hasta que el solo contacto de mis manos en los genitales me producía dolor. Pero no era suficiente. Por alguna razón me sentía excesivamente cachondo. No hacía otra cosa sino pensar en mi chica, introduciéndose un consolador dentro, masturbándose igual que yo para así tratar de aplacar un poco el deseo.

            Ah, es algo que olvidé contar. Esto de estar separados es una situación tan difícil para ambos porque tenemos un apetito sexual insaciable pero por alguna razón tenemos un código de fidelidad bastante estricto entre nosotros. Pero aquella vez perdí los estribos.

            Fue una colega con la que estaba reunido discutiendo un caso. Aquello fue en su oficina. Al terminar, me sirvió una copa de vino. Una cosa llevó a la otra y no me pude controlar. El espíritu es fuerte pero la carne es débil. Pero aquello no fue hacer el amor, aquello fue follar y me la follé hasta por las orejas.

            El remordimiento me hizo confesar mi mala acción un mes después de lo sucedido. Para mi sorpresa, Clara había hecho lo mismo con un compañero de trabajo.  Nos miramos a los ojos y con un excelente orgasmo compartido nos perdonamos esa infidelidad porque verdaderamente no había sido culpa de nosotros, sino de la distancia que nos mantenía siempre cachondos y necesitados de placer.

En ese ir y venir estuvimos bastante tiempo hasta que un amigo mutuo, al escuchar nuestros problemas, nos recomendó probar el sexo telefónico. Ambos, Clara y yo comentamos que solo gemidos no es sexo, es como escuchar una cinta grabada. Pero nuestro amigo insistió en que gracias a la tecnología, no sería solo escucharnos. Sino mirarnos.

            Era verdad. Si podíamos mirarnos para hablar, también podríamos mirarnos para hacer el amor.

            Así que la siguiente vez que nos separamos, decidimos hacerlo.

Tarde en la noche, luego de un arduo día de trabajo para ambos. Nos conectamos a una videollamada. Bastante tímidos al principio, nos saludamos como como siempre pero no sabíamos cómo comenzar. Afortunadamente ella tomó la iniciativa.

Colocó su móvil en un sitio que la enfocaba completa desde la cama. Ahí, comenzó a desnudarse suavemente, con un deje sensual que me estaba poniendo a tope. Se soltó el cabello, las prendas cayeron al suelo y su piel desnuda se acostó encima de la cama, tomando su consolador purpura para iniciar con la sesión.

Tomé su ejemplo y coloqué el móvil en un sitio que pudiera enfocarme. Me desnudé, con un poco menos de gracia que ella y me acosté a frotarme mientras la miraba y ella me miraba.

Mientras introducía su pene de plástico color purpura dentro de sí, la escuchaba diciéndome cosas sucias: “Imagínate que este eres tú, que me folla. Entras una y otra vez en mi coño mojado y caliente. Siente la humedad en tu polla, siénteme. Tócate, saboréate”. Se metía dentro unos dedos y los sacaba empapados de sus jugos para chuparlos con delectación.

“Quiero que te corras dentro de mí. Quiero que te corras dentro y que al terminar, metas tus dedos dentro de mí. Quiero que empapes tus dedos de los fluidos de ambos y me metas eso a la boca, apretándolo contra mi lengua. Quiero que me comas el coño lleno de tus jugos y los míos. Quiero que me folles hasta que nos desmayemos”.

Aquello fue más de lo que pude soportar sin tener un orgasmo. La visión de mi lefa blanca empapándome el abdomen la sublevó, al punto que no tardó mucho en llegar también entre gemidos.

Luego de aquello, ambos nos despedimos y nos fuimos a dormir. Pero al día siguiente, volvimos a repetir la operación. Sus palabras sucias y la visión de ambos dándonos placer era un escenario que nos hacía perder la cabeza.

Gracias a las videollamadas con webcams, encontramos una forma de  hacer el amor, aunque no tan placentera como la forma tradicional, sublevando nuestros sentidos.

Eso sí, apenas nos vimos luego de aquello, hicimos todas aquellas cosas de las que habíamos hablado mientras nos veíamos masturbarnos. El deseo era tal que quedamos empapados de los jugos de ambos.

Por eso ahora quedamos así de satisfechos cada vez que nos reencontramos después de algún tiempo.

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