El bar de las uñas

Para algunas personas es difícil imaginarse un trabajo que no odien. Pero este no es mi caso, estoy enamorada de mi trabajo.

            Supe que era lo que me gustaba desde muy temprana edad y no me refiero a las chicas, puesto que mi gusto por las mujeres lo descubrí a mis veinte. Me estoy refiriendo a mi gusto por los pies.

            Era difícil no amarlos. Mi madre, era secretaria y estaba enamorada de su jefe. Por lo tanto, sus pronunciados escotes, sus vestidos ajustados y sus largos tacones eran algo común. Pero había una cosa que me impresionaba mucho más que su forma de vestir tan sensual que cualquiera podría confundirla con Marilyn Monroe y esto era el tiempo que dedicaba a cuidar de sus pies.

Se sentaba en el sofá, frente al televisor a pintarse las uñas de los pies de colores fuertes y candentes, para luego envolver esos suaves y maravillosos pies en unos tacones de aguja altísimos. Ver a mi madre cuidando de esa forma tan meticulosa de sus pies me inspirada una admiración inmensa, a la vez me hacía pensar que aquello era la verdadera forma de la belleza.

            Estoy seguro de que ese hombre se derretía al ver a aquella mujer y que más de una vez se follo a mi madre contra el escritorio. A juzgar por el ahínco con el que la mujer cuidaba de las raíces de su cuerpo, ese hombre debió correrse más de una vez sobre los tacones rojos de aguja y las uñas perfectamente pintadas de negro o carmesí.

            Comencé a dar rienda suelta a mi gusto con los hombres: durante mis primeros encuentros sexuales, procuraba siempre dar un masaje en los pies. Mis receptores siempre pensaban que yo hacía aquello para demostrarles que me encontraba en aquel sitio para servirles, convertirme en un instrumento que les permitiera relajarse pero lo que ignoraban es que lo hacía con el único propósito de ponerme cachonda y mojarme lo suficiente para que la penetración no me doliera. Esto fue difícil en ocasiones porque los hombres, ya que son tan toscos, poco cuidan de sus pies, lo que hizo que un par de veces los masajes en vez de ser excitantes para mí, fuesen desagradables.

            Un día tuve la idea de entrar en un curso para aprender a ser pedicurista.

            Aquel arte se volvió mi estilo de vida, por fin podía alcanzar la belleza de la misma forma en que mi madre hacía.

Usualmente son las mujeres las que desean cuidar de sus pies y manos pero, sin embargo, aún no intentaba estar con alguna. Simplemente no lo concebía de esa forma puesto que el sexo con las mujeres es muy distinto. En mi cabeza, seguía siendo una cuestión de introducir el pene dentro de la vagina. Pero lo que si sucedía es que me ponía muy cachonda trabajando de aquello, tanto así que al llegar a casa me frotaba el clítoris hasta que me doliera.

Ya les he contado porque amo mi trabajo, a diferencia de la mayoría de las personas. Algunos amigos me cuentan que odian los lunes más que cualquier otra cosa en el mundo, pero para mí los lunes son increíbles porque significan volver al trabajo que amo.

Y fue en ese trabajo donde descubrí mi gusto por las mujeres.

Un día, en el sitio donde trabajo, llamado “El bar de las uñas”, se presentó unas mujer fuera de lo común.

Por aquel entonces, yo tenía unos 22 años, aquella mujer debía llevarme entre 10 y 15 años. Ya estábamos cerrando, cuando se apareció ella, alegando que era necesario realizarse una pedicura puesto que aquella noche tenía un evento especial y sus pies debían lucir perfectos con los altos tacones que había comprado. Las otras chicas ya estaban hartas y deseaban irse a sus casas, pero yo me ofrecí a realizar aquel trabajo y cerrar la tienda, a fin de cuentas no me molestaba hacerlo.

Era una mujer morena de cabello muy largo y abundante. En su ropa y sus ademanes podía notar que era una mujer adinerada y además de eso invertía tiempo en cuidar de su cuerpo.

Cuando todo estaba listo, decidí hacerle un masaje, puesto que tenía unos pies muy bonitos y se notaban muy tensos por usar tacones durante todo el día. Hasta ese momento, ella no había dicho palabra alguna, se había mantenido con los ojos cerrados pero, al comenzar el masaje, la escuché emitir un sonido extraño. Seguido de esto, me miró fijamente, lo que me hizo pensar que algo estaba mal.

“¿Qué sucedió?” le pregunté visiblemente preocupada, ya que me había esforzado por realizar un trabajo excelente para aquella clienta.

“Nada” respondió apenada, “Es que creo que acabo de correrme…”

La respiración se me hizo pesada y el pecho me quemaba.

Ella prosiguió.

Posó su pie sobre mi entrepierna, dibujando con el pulgar, círculos acertando con facilidad el sitio donde se encontraba mi clítoris.

“Tuve un orgasmo…” dijo entre gemidos “Tuve un orgasmo… gracias a tus manos… qué divinas son tus manos…”

Tomó mis manos entre las suyas y chupó mis dedos con delectación. Paso seguido los llevó dentro de la falda ajustada que llevaba. Cuando sentí la humedad, mis sentidos colapsaron. Perdí el control de mi misma, abalanzándome sobre sus labios a la vez que ella iba a por los míos.

En aquel sitio solitario nos desnudamos y nos devoramos. Aquella parte de cuerpo que había recibido el arte que heredé de mi madre, sus pies que eran tan perfectos y suaves, terminaron masturbándome. No hubo lugar que la boca de aquella mujer no recorriera. Cuando comenzó a alternar entre comerme el culo y comerme el coño, un orgasmo explotó dentro de mí como una bomba, fuegos artificiales. Nunca había sentido algo así con ningún hombre , las pollas no podían elevarme a ese nivel de placer y, algo era seguro, los pies de los hombres no eran tan delicados y deliciosos como los de aquella mujer que me enseñó el gusto por mí mismo sexo, tan divino que no puede ser otra cosa que un regalo de Dios.

-Fin-

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